domingo, 13 de abril de 2003

Directrices, una ley crucial


EN ESTOS DÍAS ASISTIMOS en el Parlamento de Canarias a uno de los debates más decisivos y trascendentes para el Archipiélago de toda la historia de nuestra joven autonomía. Se trata de la ley sobre las directrices para nuestro desarrollo futuro, popularmente conocida por la famosa moratoria de las construcciones turísticas.

En definitiva, aquel polémico parón de la construcción supuso una histórica ruptura para el crecimiento urbanístico y turístico en Canarias y un horizonte de esperanza en la búsqueda del tan ansiado desarrollo sostenible, sobre el que muchos habían teorizado pero que nadie había aplicado en la realidad. Para todos era evidente que no podíamos seguir tapizando de cemento las Islas indefinidamente, no sólo porque se acababa el territorio, sino también porque había que dotar de recursos y energía todo lo que construyera. Agua, electricidad, saneamientos, etc., que debían ser sufragados con dinero público. Esta nave no podía continuar a la deriva que la conducía el supuesto mercado, recogiendo a todos los náufragos y aumentando la carga exponencialmente.
En este debate, siempre me parece oportuno releer la historia para intentar obtener alguna enseñanza positiva. Así, hace 60 años, todo el Archipiélago tenía 660.000 habitantes, que cultivaban una extensión de terreno superior a las 150.000 hectáreas, con unos consumos de agua y energía ínfimos, si los comparamos con los actuales. Hay que añadir que más del 90 por ciento de la población de aquel momento carecía de agua corriente en sus casas o que la electricidad aún representaba un artículo "de lujo". Ahora bien, el salto que hemos dado en medio siglo ha sido difícilmente asumido por esta sociedad que ha adquirido los malos hábitos del "nuevo rico", es decir, la cultura de la ostentación, el consumismo y el derroche, despreciando de paso toda la herencia histórica y sociológica de muchos siglos de escasez y de ahorro de recursos.
En la actualidad, cultivamos menos de 50.000 hectáreas, a pesar de que aproximadamente un tercio es de cultivos intensivos, de regadío y bajo plástico, con unos rendimientos importantes, no podemos obviar que estamos aprovechando para la agricultura unos 300 m2/hab., mientras entre los países que nos siguen en este ranking de mínimos en suelo cultivado por habitante está Bangladesh, con 2.000 m2/hab.
Asimismo, nuestra población ha dejado de ser rural y se ha convertido en urbana, multiplicando exponencialmente sus consumos de energía y recursos, en la producción de residuos (1,8 kg./hab./día), o en la generación de aguas residuales, por citar algunos de los aspectos más importantes y conocidos. Este proceso de urbanización y de consumo desmedido de recursos, de diversa índole, genera un buen número de interrogantes que limitan y ponen en peligro seriamente la aspiración a hacer realidad palabras y adjetivos como sociedad sostenible, sustentabilidad, etc. Hace décadas, cuando éramos pobres, el ahorro y el aprovechamiento total de los recursos eran unas normas obligadas para todos los hombres y mujeres que poblaban estas Islas, con una distribución sobre el territorio acorde con su potencialidad y con la tecnología de la época, con un alto índice de autoabastecimiento y de equilibrio.
Parece claro que el documento que - por fin - plantea frenar los procesos de urbanización y de crecimiento demográfico incontrolado es una necesidad imperiosa para nuestra supervivencia futura. Y lo he dicho en ocasiones anteriores, no se trata en ningún caso de un problema exclusivo de los políticos sino que afecta hasta el último de los ciudadanos y ciudadanas de estas Islas, desde los más jóvenes hasta los más mayores. Es por ello, que debemos apoyar sin fisuras esta iniciativa frente a las continuas agresiones de los sectores perjudicados, cuya influencia es notoria e importante en muchos ámbitos de esta sociedad.
Por otra parte, habrá que exigirnos a nosotros mismos también la creciente adopción de una mentalidad más austera y comprometida con el medio ambiente y el territorio. Y, en consecuencia, que mire con respeto a la sociedad antaño "pobre", y que intente sacar lo bueno de las experiencias pasadas para enfrentarse al futuro con mejores posibilidades. Y tener claro, en definitiva, que progreso y desarrollo no equivalen a un Macdonald s en Teno Alto o a una urbanización de adosados en el Roque del Faro. Este es un debate necesario aunque tardío que debe implicar a toda la sociedad, porque aún estamos a tiempo de frenar el barco antes de que se estrelle contra los acantilados costeros. Sin olvidar que el verdadero cambio debe empezar por nosotros mismos y nuestra actitud individual.

Wladimiro Rodríguez Brito es DOCTOR EN GEOGRAFÍA
EL DIA, 13 de Abril 2003

No hay comentarios:

Publicar un comentario